La compleja trampa de no ser ingenuos

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Ser ingenuo tiene su sinónimo soez. Parece ser pecado mortal, a pesar de que el señor Hermenegildo López Torres del PUP, originario de Nuevo León, construyó un abultado catálogo de adjetivos (copiado de un preclaro profesor coahuilense) que se aplican prácticamente a todos. En cierta medida nadie se escapa de tal condición.

En el ámbito de la política y en la prospectiva sobre el desenlace de la elección es muy difícil que una persona que no se aprecie de razonablemente inteligente anticipe el triunfo de Claudia Sheinbaum. No considerarlo como tal es una falta de elemental ingenuidad. Se puede ser amable y decir, por ejemplo, si las elecciones fueran en este momento, la señora Sheinbaum ganaría o que la elección estaría cerrada; todo puede suceder y el anticipo del triunfo de la candidata oficial tiene que ver con la necesidad apremiante de no ser ingenuos. Tampoco escapa para algunos centrar la crítica en el presidente que se va y con ello dar el beneficio de la duda a quien él apuntala; eso sí es ingenuo.

Frente a la inevitabilidad del triunfo oficialista debiera llamar la atención que el argumento se refiera más a los estudios de opinión que a lo que está a la vista de todos: una elección de Estado, una cancha dispareja ante un árbitro débil y confuso, y un presidente aguerrido y agresivo con la oposición, además del candidato presidencial, que juega a la tercera vía y a la nueva política como evidente artillero del oficialismo. Las razones del pronóstico apuntan más a la ilegalidad e inequidad de la elección y eso por sí mismo merecería otra reflexión, como son los efectos de la ilegitimidad en caso de que prevaleciera el oficialismo.

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Xóchitl Gálvez puede ganar la elección a pesar, o quizás porque su competidora considera la elección no una decisión de millones de votantes, sino un trámite, porque en su visión las preferencias ya están definidas. El optimismo no siempre ofrece los mejores resultados. Para el oficialismo son los números de las encuestas el argumento a pesar de las razones para sospechar sobre su falta de confiabilidad. La oposición puede ganar a partir de la idea que hace de los ciudadanos el factor de movilización opositora.

Secuencia, narrativa y dos acontecimientos hacen pensable el repunte opositor a partir del inconmensurable e impredecible desborde ciudadano. La secuencia partió del segundo debate que ha dado impulso a la campaña opositora y a su candidata presidencial; la narrativa se funda más que en la amenaza al sistema democrático en la connivencia del régimen con el crimen organizado y la indiferencia gubernamental ante la violencia e impunidad. La movilización ciudadana nacional del domingo 19 de mayo y un esperado buen desempeño de la senadora Gálvez en el debate de esa noche significarían un poderoso impulso a la movilización de votantes el 2 de junio.

La tesis de la inevitabilidad del triunfo oficialista, de la elección como trámite o del este arroz ya se coció ha sido una eficaz estrategia de campaña que ha impactado a muchos al tratar de escapar de la condición de ingenuos. No se aprende del pasado, como revela el Estado de México en la elección pasada. Si muchos en el entorno de la oposición hubieran caído en cuenta que se perdería por 8 por ciento no por los 20 o más anticipados, o que Alejandra del Moral obtendría más de 800 mil votos que Alfredo del Mazo candidato, la historia habría cambiado, por los poderosos intereses que se movilizan en función de quién será ganador, incluso hay quienes lo hicieron a contrapelo de su propia conveniencia.

Las elecciones provocan incertidumbre por el voto ciudadano y la competencia genuinamente democrática. Cierto es que no se está en un contexto de contienda justa, equitativa, con factores distorsionadores de la competencia como el intervencionismo presidencial o la presión o intimidación por parte del crimen organizado. Sin embargo, los ciudadanos son los protagonistas primarios. Una elevada participación complica las cifras alegres del oficialismo o el fatalismo de un sector de los observadores o de los opositores. Queda pensar si el 2 de junio habrá de ser una lección en la que se impondrán los ciudadanos libres y exigentes de un mejor presente, o si prevalecerán los factores que alteran los principios y valores de una contienda democrática.

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