Xóchitl ganó el post debate

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El debate tuvo consecuencias inesperadas. Independientemente de las fallas de producción, del desempeño de las candidatas y el candidato, de las omisiones y los errores, el post debate lo ganó la oposición no sólo por lo que hicieron con acierto o por los errores de Claudia Sheinbaum después del evento. Xóchitl ganó porque el presidente cometió el error de meterse de lleno en la deliberación.

Xóchitl y la oposición ganan por tres consideraciones: la respuesta del presidente lleva un implícito reclamo a su candidata; se enfrenta a los medios de comunicación concesionados, sus mejores aliados en la socialización de su grotesca propaganda; y plantea y recrea la impugnación de la elección presidencial por su ilegal interferencia.

El presidente no se puede contener. No respeta el espacio de la candidata presidencial, ilesa por las malas razones de un debate muy complicado para ella y para el gobierno. El presidente esperaba una defensa a ultranza de las realizaciones que sólo él ve. Se indigna por las preguntas, no alcanza a ver que es la realidad y la que éstas describen, las grandes realizaciones sólo están en su mente y en el interesado discurso de su candidata. Si Claudia se había salido con la suya, qué necesidad de ponerla en entredicho.

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La incontinencia verbal y su desdén hacia Sheinbaum vuelve inevitable concluir que el presidente difícilmente se retirará de la política una vez que concluya su mandato porque el proyecto político es de él, de nadie más, ni del partido ni de sus candidatos. En su visión del poder no cabe una presidenta empoderada sino una regente, en caso de que prevaleciera la causa oficialista. La guardia revolucionaria afín a López Obrador obligaría a la fracción morenista en el Congreso a actuar en consecuencia del proyecto autoritario, como tal, la reforma más importante sería disminuir a 30% el umbral de participación para la validez de la revocación del mandato. De esta manera se aseguraría que la futura presidenta estuviera a merced de la guardia pretoriana obradorista.

Denise Maerker no es Televisa, pero al presidente López Obrador le molestaron las preguntas y en su propensión para victimizarse acusa a las televisoras de una embestida en su contra. Los conductores del debate cumplieron su papel, no hay complot, pero él se da por humillado a manera de presionar aún más a las televisoras y a algunos medios escritos como Reforma y El Universal y otros no mencionados. Obligado es preguntarse si la popularidad del presidente sería la misma si las televisoras, la radio y la prensa hubieran cubierto las mañaneras bajo los estándares éticos y las mejores prácticas de la industria. Al menos, para celebrarse, el giro reciente de TV Azteca, cualquiera la razón del cambio.

El problema mayor de la elección es la legalidad. Dos frentes la comprometen: el primero, la presencia del crimen organizado en amplios territorios del país, no siempre con expresiones de violencia, pero sí con un control de las autoridades locales y municipales, el silencio de los medios por la intimidación de que son víctimas y su capacidad para intervenir sigilosamente en la selección de candidatos y en el desarrollo de campañas. El elefante en la sala que nadie quiere ver. El segundo es la elección de Estado; el presidente dañó quizá de manera importante a la candidata opositora, quien no ha podido sacudirse los negativos desde la embestida de López Obrador. El otro elemento es el uso político de los apoyos monetarios. Las encuestas son concluyentes, los beneficiarios de los programas votan abrumadoramente a favor del oficialismo; quienes no los tienen, por la oposición. En cualquier parte del mundo se llama clientelismo, que en las leyes mexicanas constituye una violación grave a las reglas del juego electoral y regresa al país a su etapa autoritaria.

El INE no tiene mucho margen para llevar al presidente a la legalidad. Interfiere una y otra vez. De poco sirve reconvenirlo. Su conducta tiene un efecto pernicioso en la equidad de la contienda y es llamado para promover el financiamiento ilegal de la campaña oficialista, venga de donde venga, del empresariado mexicano que apuesta al ganador, de los gobernadores y alcaldes del oficialismo y de la corrupción, futuros beneficiarios de los contratos de obra pública, o del crimen en búsqueda de impunidad.

Xóchitl ganó al post debate porque el presidente puso al descubierto el significado del voto de este primer domingo de junio.

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